En una amarga noche de feria, con los coches celebrando que habían ganado el partido, G.R. caminaba hacia casa tras despedirse de su eterna amistad. Unos veinte minutos que le iban a dejar pensar tranquilo.
Había ajetreo en la calle, puesto que era una fecha peculiar en la ciudad y eso le venía muy bien a él. Camina preocupado, porque el futuro se tiene que buscar. Piensa en él, y en los que le rodean, pero principalmente en él. Mira el reloj, y se acuerda de cuando su madre le decía que volviese temprano. Él no acostumbraba a salir de fiesta, pero aún así su madre se preocupaba siempre por que no volviese tarde. Ya no lo escucha más. Ahora es mayor. Muchos huevos le va a echar. Sí. Nunca ha querido destacar, siempre ha callado desde preescolar, pero la vida ha conocido y piensa reírse sin más. Miraba la luna para escapar, pero ahora la busca para asegurarse de que sigue bien. En efecto, brillante seguía, y esa noche pudo ver en ella un destello diferente.
Cada vez se cruza a menos gente y eso le venía muy bien a él. Maldijo las farolas que lo bajaron a la tierra y cuando miró al frente: -¿Qué hora es? Le preguntó un muchacho. ¡Qué susto!, pues meditaba el brillo extraño de la luna. Le dijo la hora, y cuando comenzaba a caminar: -El reloj, dijo el mismo muchacho. De espaldas se preguntó si sería con él y qué podría querer decir con esa frase. Miró al muchacho y el reflejo en la mano del muchacho le reveló el significado de la frase. Está muy lejos de casa como para correr, y está asustado. Pensó que si corría se tropezaría. Todo estaba muy oscuro, pues vivía en uno de los barrios más peligrosos y ya no paseaba nadie junto a él. Se hace pequeño. Tiene miedo. Nunca le ha gustado llevar cosas valiosas encima, pero era un regalo y además no era ni valioso. Aunque, otra vez, el reflejo en la navaja del ladrón observó. No estaba solo, la luna estaba con él. Ahora era un hombre y no tenía miedo a ningún filo: -Tira el cuchillo si de verdad eres bravo, le dijo al ladrón. Una pena, pues el ladrón el cuchillo no tiró, pero una sonrisa en la cara le apareció. Aquello terminó y el muchacho desapareció. Con reloj o sin reloj, la vida casi igual avanzó.
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